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miércoles, 17 de abril de 2013

Bahía de Cochinos sin mitos ni leyendas




Erneido Oliva, segundo al mando, entrega la bandera de la Brigada 2506 al presidente Kennedy. Orange Bowl, Miami, 29 de diciembre de 1962. (AARP.ORG)
DIEGO TRINIDAD | Miami | 17 Abr 2013 - 10:14 am. | 21
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CIA


¿Hubo una conspiración estadounidense para que la Brigada 2506 fracasara? ¿Traicionó Kennedy a los cubanos? ¿Incluía la invasión el asesinato previo de Fidel Castro? A 52 años de esos hechos es preciso buscar la verdad histórica.


Han pasado 52 años desde la heroica pero fracasada invasión de Bahía de Cochinos y todavía prevalecen mitos sobre este controversial tema. Muchos se aferran, en contra de todas las evidencias históricas, a teorías de conspiración para explicar el fracaso. Vale la pena, pues, volver sobre los hechos y sobre los detalles.

La CIA había preparado dos planes para invadir Cuba con una fuerza militar compuesta de patriotas anticastristas en marzo-abril de 1961. El plan original, el Plan Trinidad, fue elaborado por la CIA desde, por lo menos, marzo de 1960, durante la administración de Eisenhower. El agente a cargo de este plan era Richard Bissell, subdirector de Planes, asistido por Jacob Esterline, director ejecutivo de la operación, y el coronel Jack Hawkins como asesor militar. En general, el Plan Trinidad contemplaba el desembarco por Casilda, puerto adyacente a la ciudad de Trinidad (con aproximadamente 26.000 habitantes en 1961), de la mayor parte de la Brigada 2506, aproximadamente 1.200 hombres.

Otro grupo de 160 hombres desembarcaría al sur de la provincia de Oriente para distraer al régimen castrista y hacer creer que ese era el desembarco principal. Finalmente, otra distracción se crearía en la costa noroeste, en la provincia de Pinar del Río. Se trataba de un espectáculo de ruido y luces cerca de la costa, con varias embarcaciones, para simular un gran desembarco.

El desembarco por Casilda estaba planeado para establecer una cabeza de playa y un perímetro defensivo que permitiera trasladar a los miembros del Consejo Revolucionario presidido por José Miró Cardona a ese enclave y, después de algunos días, constituir un gobierno de Cuba en armas.

Este gobierno en armas pediría reconocimiento internacional, que sería rápidamente otorgado por Estados Unidos y la OEA. El final llegaría —y esto es algo que tiene que ser enfatizado— con el desembarco en Casilda de una fuerza militar compuesta por estadounidenses y soldados de otros países de la OEA. Esta fuerza vencería fácilmente al Ejército Rebelde y las milicias castristas y provocaría el derrocamiento del régimen.

Mientras todo esto sucediera, suministros, incluyendo tropas (entre 500 y 1.000 soldados en reserva) desembarcarían por Casilda. Además, los 16 bombarderos B-26 de la Brigada operarían desde la pista de aterrizaje cercana a Trinidad (que habría que alargar en varios cientos de pies) como elementos de apoyo a la brigada invasora. Pues para garantizar el éxito del plan, era esencial una condición: la destrucción total de la fuerza aérea castrista.

El Plan Trinidad fue evolucionando durante casi un año. Al principio solamente se planeaba introducir pequeños grupos de 50 hombres por distintos puntos, principalmente en el área del Escambray, para fortalecer la oposición interna. Puesto que, desde mediados de 1960, existían en el Escambray más de 2.000 alzados. La idea era contribuir a un levantamiento popular eventualmente. Pero los dirigentes de la CIA pronto decidieron que esto sería muy improbable: en Cuba no había suficiente oposición al régimen como para provocar su derrocamiento en 1960. Además, el tiempo apremiaba. El régimen se fortalecía y en unos meses (se estimaba que en abril-mayo de 1961) llegarían a Cuba aviones Mig rusos y pilotos cubanos entrenados en Checoslovaquia. Y, una vez esto sucediera, sería imposible derrocar al régimen por la fuerza y Estados Unidos no estaba dispuesto a permitir la presencia de un país comunista a 90 millas de sus costas.

Por todo lo anterior se decidió adoptar el Plan Trinidad, o sea, una invasión desde afuera. La idea era que tal invasión provocaría el deseado levantamiento interno y esa combinación terminara con el castrismo. Cabía incluso la posibilidad de que no fuera necesario desembarcar tropas estadounidenses, aunque ese plan siempre incluyó ese desenlace.

El Plan Trinidad fue elaborado bajo la administración de Eisenhower, quien apoyaba y promovía este tipo de operaciones encubiertas de la CIA, que ya habían sido exitosas en Irán y Guatemala. Los mismos que planearon la operación de Guatemala dirigieron el Plan Trinidad, pero esa mentalidad (y lo ocurrido en Guatemala) no valían para el caso de Cuba. La CIA nunca aceptó este hecho cierto y, concluidos los ocho años de gobierno del Partido Republicano, la administración demócrata de John F. Kennedy no ofrecería el apoyo que el Plan Trinidad necesitaba.

Kennedy entra en escena

El nuevo presidente conocía los planes de las actividades contra Cuba desde por lo menos el verano de 1960. El mismo director de la CIA, Allen Dulles, se lo había informado, aunque no en detalle. Kennedy utilizó ese conocimiento contra Nixon en la campaña electoral. Hizo de Cuba uno de sus principales temas contra Nixon, criticando duramente a la administración Eisenhower-Nixon por permitir que Cuba cayera en manos de una dictadura comunista y, peor aún, que no hiciera nada por ayudar a la oposición anticastrista, lo cual bien sabía que no era cierto.

Otro tema muy utilizado por Kennedy —y también falso— fue la llamada "brecha" en cohetería nuclear entre Estados Unidos y la URSS (missile gap) a favor de esta última. La idea era enfatizar la supuesta debilidad de Eisenhower-Nixon ante las fuerzas del comunismo internacional.

Todo lo que dijo y prometió en referencia a Cuba durante la campaña, su oferta de apoyar a la oposición castrista, le explotaría en la cara a Kennedy una vez instalado en la Casa Blanca. A pocos días de la elección, Kennedy preguntó a Dean Acheson, exsecretario de Estado bajo Truman, qué le parecían los ataques que hacía a Nixon por su supuesta debilidad hacia Cuba. Acheson le contestó entonces que no los celebrara mucho, pues si ganaba la presidencia se vería obligado a cumplir esas promesas sobre Cuba y sería un prisionero de ellas. Y así fue.

El Plan Trinidad se le presentó oficialmente a Kennedy en Palm Beach a fines de noviembre de 1960, a los pocos días de su victoria presidencial. Se encargaron de ello Dulles y Bissell, quien era buen amigo de Kennedy y se mencionaba como el sucesor de Dulles cuando este se retirara. Kennedy escuchó en silencio, y los planes prosiguieron con su aparente apoyo.

No pronunció una palabra en esa reunión que pusiera en duda tal apoyo. Pero una revisión de los documentos internos de la Casa Blanca desde la toma de posesión en enero hasta el 17 de abril indican claramente que el nuevo presidente nunca apoyó los planes para derrocar el régimen castrista mediante una invasión.

Kennedy fue informado sobre la versión final del Plan Trinidad el sábado 28 de enero. En esa reunión en la Casa Blanca estaban presentes el vicepresidente Lyndon Johnson, el secretario de Defensa Robert McNamara, el secretario de Estado Dean Rusk, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Lyman Lemnitzer, el asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy y varios otros subsecretarios y asesores. El director de la CIA Allen Dulles, asistido por Tracy Barnes, hizo la presentación usando notas preparadas por Richard Bissell.

Tres puntos cruciales resaltan en esa presentación. Primero, el Plan necesitaba activarse para marzo, a más tardar abril, debido a la llegada de los pilotos y los Mig ese mes y debido a las lluvias de abril, que dificultarían las actividades militares no solo en Cuba, sino también en Guatemala y Nicaragua, desde donde partirían la Brigada y su fuerza aérea.

Segundo, la eliminación total de la fuerza aérea revolucionaria y el control del aire eran absolutamente imprescindibles para asegurar el éxito.

Y tercero —algo que ha sido ignorado por casi todos los que han escrito sobre el tema— se le informó explícitamente a los presentes cuál debía ser el final de la operación, lo único que podía garantizar el éxito. Dulles les dijo que "el plan puede establecer una cabeza de playa en suelo cubano y mantenerla por dos semanas, quizás un mes. Una vez que esto se consiguiera, habría una base para una iniciativa abierta de Estados Unidos de instituir una ocupación militar de la Isla. Hay una oportunidad razonable de que esto ponga en marcha fuerzas que provoquen la caída del régimen".

Nadie hizo comentarios al respecto, excepto el general Lemnitzer, quien expresó sus dudas de que tan pocos hombres pudieran defender la cabeza de playa. Kennedy ordenó entonces una evaluación del plan a los jefes militares y que se le reportara sobre ello en unos días. Lo cual se hizo y se le presentó el informe al secretario McNamara el 3 de febrero, firmado por Lemnitzer, pero preparado por el general del Ejército David Gray.

La evaluación del informe fue favorable y el sumario concluía: "Los jefes [del Estado Mayor] consideran que la ejecución oportuna (timely) de este plan tiene una oportunidad regular (fair chance) de éxito final, y aunque no consiga inmediatamente todos los resultados deseados, pudiera contribuir al eventual derrocamiento del régimen de Castro".

Como resulta evidente, este informe no se puede considerar como "favorable". Por el contrario, es un documento puramente burocrático digno de los militares, que solo sirve para asegurar que los jefes se queden protegidos y "se laven las manos" de toda responsabilidad. Todavía peor, semanas después del fracaso, el general Gray dijo que el término fair fue incluido a sugerencia del general Earle Wheeler, jefe del Ejército, para "facilitar" el mejor entendimiento del informe. Según Gray, él no le había dado más de un 30% de probabilidades de éxito al plan tal como estaba concebido por la CIA.

Por supuesto, un plan de esta envergadura con solo un 30% de probabilidades de éxito resultaba inaceptable y nunca debió ser adoptado. De todos modos, la reunión final para decidir proceder con la operación se celebró el 15 de marzo en la Casa Blanca (la CIA quería que la invasión comenzara el 10 de marzo). Y, puesto que las dudas de Kennedy habían aumentado considerablemente durante esas semanas, en esa reunión se decidió no aprobar el Plan Trinidad.

A sugerencia de Rusk y sus asesores del Departamento de Estado, Kennedy ordenó la elaboración de otro plan alternativo, uno que no fuera tan "aparatoso" y estuviera emplazado en un lugar menos prominente que Trinidad.

El Plan Zapata

En tres días, la CIA produjo el Plan Zapata. El lugar del desembarco se cambió a Bahía de Cochinos, a 90 millas al oeste de Trinidad. Según la CIA, este era el único otro lugar posible en la costa sur para el desembarco. (Oriente y la Sierra Maestra se excluyeron por estar muy lejos de los campamentos de Centroamérica desde donde partiría la Brigada 2506). Pero, aparte de la geografía, el Plan Zapata tenía una serie de diferencias cruciales con el Plan Trinidad.

Estaban la Ciénaga de Zapata y sus pantanos, por supuesto. Pero también los arrecifes (que los analistas de la CIA insistieron, contra la opinión de brigadistas que conocían la zona, en considerar como "algas") en lugar de playas de arena. Era, por otro lado, un lugar completamente aislado, tal como pidió Kennedy. Aunque existía una pista de aviación lista para usarse y solo un terraplén de acceso, lo cual facilitaría la conservación de la cabeza de playa.

Otra diferencia clave era que, por órdenes de Kennedy, el desembarco ocurriría de noche. Por primera vez en la historia militar estadounidense se intentaría un desembarco nocturno. Aunque la mayor diferencia con el Plan Trinidad, diferencia que luego cobró una importancia vital, era que las montañas del Escambray estaban muy lejos para que, en caso de un fracaso, la Brigada pudiera retirarse a ellas.

Esto era algo que siempre había distinguido al Plan Trinidad: una válvula de escape en caso de fracaso. En Bahía de Cochinos, sin embargo, no existía escape alguno. O ganaban o morían en el intento: cualquiera que supiera leer un mapa lo sabría. Y Kennedy como teniente de la marina en la Segunda Guerra Mundial bien sabía leer un mapa. Sin embargo, sus apologistas han creado luego el mito, que todavía prevalece, de que la Brigada no tenía escape si la invasión fracasaba, y que el presidente lo ignoraba.

Todo ocurrió, pues, por culpa de la CIA, por no enfatizar al presidente este factor: la distancia entre Bahía de Cochinos y el Escambray.

Bombardeos planificados y luego desestimados


Tanto el Plan Zapata como el desechado Plan Trinidad incluían cinco bombardeos por los 16 B-26 durante los dos días antes, más un bombardeo final la madrugada del desembarco con el fin de destruir la aviación rebelde en su totalidad. Cuba contaba entonces con 17 B-26, 13 aviones británicos de ataque Sea Furies de hélice, un F-51 Mustang de hélice, y cinco jets T-33 armados con cañones y cohetes. Toda esta fuerza aérea había sido heredada del gobierno de Batista y, al menos la mitad, según la CIA, estaba fuera de acción por falta de piezas o problemas mecánicos.

Sin embargo, hubo otro gran cambio en el Plan Zapata. No se contaba ya con una insurrección interna para acompañar la invasión y, por consiguiente, se decidió no informar a las organizaciones clandestinas en el interior de Cuba de cuándo se produciría el desembarco. Según la CIA, los cubanos hablaban demasiado y no querían arriesgarse a que se descubriera la fecha debido a una indiscreción.

Con toda razón, los cubanos anticastristas han pensado desde entonces que la operación fue traicionada porque miles de opositores no solo ignoraban el momento del desembarco, sino que fueron arrestados antes de que ocurriera, sin previo aviso. Todavía peor, muchos aún están convencidos de que hubo traidores dentro de la CIA y de que las autoridades cubanas conocían la operación en detalle antes del desembarco. No obstante, esto nunca se ha probado y no existe documentación alguna que lo respalde.

Hubo traidores, es cierto. Existió por lo menos un agente de Castro infiltrado en los campamentos de Guatemala. Pero aunque Cuba sabía que la Brigada se entrenaba en Guatemala (lo había publicado The New York Times en primera plana), el régimen nunca se enteró de cuándo (y mucho menos de dónde) sería el desembarco.

Entre el 18 de marzo, en que el presidente aprobó condicionalmente el nuevo Plan Zapata (pues se reservó el derecho de cancelar la operación hasta 48 horas antes de comenzar), y el 17 de abril en que desembarcó la Brigada en Bahía de Cochinos, Kennedy, principalmente instado por Rusk y sus asesores en el Departamento de Estado, ordenó una serie de cambios adicionales que garantizaron el fracaso de la invasión antes de comenzar.

Inexplicablemente, se ordenó que solamente ocho B-26 participaran en el bombardeo inicial de las bases aéreas en Cuba. Luego, a pocas horas de ese primer bombardeo del 15 de abrilque destruyó menos de la mitad de la aviación castrista, Rusk convenció a Kennedy de cancelar un segundo bombardeo esa tarde, así como los dos bombardeos planeados para el 16 de abril. Esta medida provocó que Esterline y Hawkins visitaran a Bisell en la noche del 15 para presentar su renuncia: los dos sabían que este nuevo cambio condenaba la operación al fracaso. Bissell, sin embargo, apeló al patriotismo de ambos y no hubo renuncia. Además, les aseguró que no habría ningún otro cambio.

Pero sí que lo hubo, y fue el peor de todos. Sabiendo que la aviación castrista no había sido eliminada completamente, fue eliminado también el último bombardeo, que debería haber ocurrido en la madrugada del 17 de abril. Tomada tal decisión, la Brigada no contaba con ninguna protección para desembarcar, estaba condenada a muerte.

Por cierto, los bombardeos del 16 casi se producen, aún después de ser prohibidos por Kennedy. Los aviones estaban en la pista listos para despegar cuando apareció en el cuartel general en Virginia (War Room) el general Cabell, segundo jefe de la CIA (el director Dulles estaba en Puerto Rico) después de jugar golf. Cuando se enteró de que los B-26 estaban a punto de partir rumbo a Cuba, decidió confirmar con Rusk la cancelación de esa operación (el oficial a cargo sí lo sabía, pero decidió ignorar la orden, lo cual pudo haber cambiado la historia) y Rusk así lo hizo. Cabell ordenó entonces que los B-26 no salieran de Puerto Cabezas.

Es preciso destacar dos puntos acerca de estas decisiones, y aclarar bien la responsabilidad por la cancelación de los cuatro bombardeos finales. Primero, los apologistas de Kennedy han culpado al embajador estadounidense ante la ONU, Adlai Stevenson, de presionar al presidente y de amenazarlo con su renuncia pública, en caso de no ser cancelados esos bombardeos. Falso: Stevenson ni siquiera conocía los detalles del Plan Zapata. Nunca fue informado porque algunos ayudantes de Kennedy (incluído su hermano Robert) pensaban que Stevenson era un cobarde y un pusilánime. (Algunos creían que era homosexual. Miró Cardona lo llamaba burlonamente "Adelaida". Stevenson, sin embargo, tenía reputación de mujeriego.)

Más importante aún, existe evidencia sólida de que fue Rusk quien recomendó a Kennedy la cancelación, y Stevenson solamente protestó por no ser informado y pidió que, para mantener su eficacia en la ONU, se le mantuviera al tanto de la situación.

El otro punto a aclarar es lo que en definitiva condenó la operación al fracaso. Se trata del concepto de negación plausible (plausible deniability). Desde la formación de la CIA en 1948, se utilizó este concepto para proteger, sobre todo al presidente, de cualquier responsabilidad por problemas causados por actividades encubiertas, muchas de las cuales eran ilegales. La negación plausible constituía parte de los dos planes de invasión a Cuba, pero bajo Kennedy y en el Plan Zapata, se llevó hasta un punto que, lejos de hacer creíble que no había ninguna participación estadounidense en la operación, lo que lograron fue hacer parecer increíble que Estados Unidos no estuviera involucrado.

La obsesión de negar cualquier participación estadounidense en la invasión aseguró el fracaso cuando el 10 de abril el asesor especial de Kennedy, el conocido historiador liberal Arthur Schlesinger, sugirió al presidente, minutos antes de una conferencia de prensa, que declarara que bajo ninguna circunstancia Estados Unidos intervendría militarmente en Cuba. Después de esto, ya no había ni la más remota posibilidad de que el presidente salvara la invasión. Aun así, permitió que la Brigada partiera de Guatemala a su destrucción asegurada.

Kennedy, ¿traidor?

El Plan Zapata incluía también, al final, una intervención militar estadounidense. No se conoce cuándo Kennedy decidió prohibirla terminantemente. No hay evidencia documental acerca de esto en los archivos abiertos a lo largo de estos años. Y como nadie menciona esa intervención militar como culminación de la invasión (salvo Jim Rasenberger el año pasado y yo hace varios años), tampoco suele repararse en cuándo y cómo Kennedy la prohibió. Tal parece que, tratando de ignorar algo tan importante, se piensa que todo el mundo lo pasará por alto y que la historia no recogerá que tales consideraciones existieron y no fueron producto de la imaginación de ciertos historiadores.

Como he escrito antes en varias ocasiones, Kennedy sí que prometió apoyo de tropas estadounidenses a la invasión. No lo hizo personalmente, pero a Miró Cardona se lo prometió dos veces uno de los principales asesores presidenciales, Adolph Berle, subsecretario de Estado en 1961.

El historiador José Manuel Hernández estaba presente en Nueva York cuando Arturo Mañas, abogado cubano experto en asuntos azucareros y gran conocedor de la política estadounidense, le señaló a José Miró Cardona que, después de que Kennedy declarara que bajo ninguna circunstancia Estados Unidos intervendría en Cuba, estas palabras en público le harían imposible al presidente intervenir en Cuba.

Miró Cardona pidió entonces una entrevista a Kennedy, y la Casa Blanca envió a Berle y a Schlesinger a conversar con él. Se citaron el 12 de abril en un restaurante de Nueva York. Cuando Miró expresó su alarma por las palabras de Kennedy, Berle le contestó, textualmente: "Lo que te dije, va". Se refería a lo que le había comunicado a Miró semanas antes: que habían 30.000 soldados estadounidenses listos para intervenir. (Y en verdad los había —quizás no esa cantidad, pero fue esa la que Merle le mencionó a Miró. Tal como se había planeado, por lo menos dos brigadas de marines esperaban a bordo de varios destroyers y de los portaviones Essex y Boxer, a pocas millas de Bahía de Cochinos.)

Años después, de visita como conferencista en la Universidad de Miami, Schlesinger le confirmó la versión anterior a José Manuel Hernández. Schlesinger no entendía español, pero sabía bien lo que Berle le había asegurado a Miró en aquel restaurante de Nueva York. Y agregó Schlesinger este comentario: "no sé por qué Adolph [Berle] le dijo eso a Miró". Es decir, reconoció, aunque después lo negara en uno de sus libros, que Berle le había prometido a Miró que la Brigada podía contar con apoyo militar estadounidense.

Por supuesto, no puede demostrarse que Kennedy aprobara lo que Berle le dijera a Miró —yo personalmente no lo creo—, pero puede entenderse entonces por qué tantos cubanos creen todavía que fueron traicionados por Kennedy.

¿Era posible la victoria?

¿Es posible que los cubanos solos, sin intervención militar estadounidense pero con el control del aire, como estaba planeado, hubieran ganado? Posiblemente sí, probablemente no.

¿Por qué no? Sé que muchos cubanos, incluyendo quizás la mayoría de los combatientes de la Brigada, piensan que, con cobertura aérea, podrían haber mantenido la cabeza de playa indefinidamente. Y como las tropas castristas fueron derrotadas en varias acciones el primer día, y cientos de milicianos se rindieron pensando que detrás venían los americanos, los brigadistas pensaron que podían derrotar a las fuerzas castristas si hubieran contado con municiones y suministros.

Sin embargo, contra esta opinión se alza un hecho poco conocido o ignorado: desde el 18 de abril venían desde Pinar del Río 30.000 soldados bien entrenados y bien armados (no como los milicianos del área de Bahía de Cochinos, que no pelearon y se rindieron a los invasores), al mando del comandante Derminio Escalona. De manera que, aun con el control del aire, hubiera sido muy difícil para 1.200 brigadistas resistir los ataques de 30.000 soldados, quienes además contaban con una superioridad abrumadora en artillería.

Puede aceptarse que los B-26 de la Brigada causaron estragos a muchas de las tropas que los atacaron el 18 de abril y que, ya impuestos en la cabeza de playa, habrían causado estragos similares a esas tropas que venían de Pinar del Río. Pero ya aquí caemos en especulaciones que son imposibles de probar por nadie. Debe mencionarse, sin embargo, que, aun con el control del aire, el Plan Zapata no consideraba posible mantener la cabeza de playa indefinidamente, no por más de 30 días.

Lo que sucedió después resulta bien conocido. Kennedy negó ayuda a los ya derrotados invasores la noche del 19 de abril, cuando ni siquiera permitió que los aviones estadounidenses volaran sobre las playas para asustar a las tropas castristas. Sin embargo, Kennedy nunca prometió a nadie intervenir en Cuba y, por consiguiente, aunque fue el responsable del desastre, no puede decirse que traicionara a la Brigada. (Los interesados pueden leer el capítulo que escribí sobre este tema en el volumen editado por Efrén Córdova50 Años de Revolución en Cuba: El Legado de los Castro, Ediciones Universal, Miami, 2009. Así como todo lo que llevo escribiendo sobre el tema desde hace 43 años).

Y, quizás porque es una verdad inconveniente o porque se ha revelado hace unos pocos años, casi todos los cubanos que han escrito sobre el tema han ignorado los planes de la CIA, ideados conjuntamente con los de la invasión y que existían desde tiempos de Eisenhower, de asesinar a Fidel Castro antes del desembarco, en complicidad con la Mafia.

La evidencia de estos planes es sólida y los menciono porque algunos historiadores estadounidense que han escrito en detalle sobre estos sucesos sostienen que posiblemente Kennedy tomó (o dejó de tomar) ciertas decisiones —sobre todo respecto a los bombardeos— porque Bissell lo había convencido de que Castro estaría muerto cuando la Brigada desembarcara en Cuba.

No lo sabremos nunca, pero aunque así fuera, esto no exime a Kennedy de su enorme responsabilidad ante la historia. Nunca creyó en la invasión, ni en ninguno de los dos planes, incluyendo el Plan Zapata, que él mismo emasculó. Sin embargo, permitió que este se llevara a cabo sabiendo que estaba asegurado su fracaso.

No es creíble tampoco lo que han propagado sus apologistas: que permitió la invasión porque cancelarla le resultaba imposible. Nada de eso: permitió la invasión estrictamente por razones y consideraciones políticas, condenando cínicamente a muerte a cientos de patriotas cubanos y a cuatro pilotos estadounidenses. Como él mismo declaró despectivamente al autorizar finalmente la operación (que recuerden siempre esto aquellos que prefieren culpar a la CIA de la "traición" antes que al presidente): "Tenemos que salir de estos hombres. Es mucho mejor arrojarlos en Cuba (dump them in Cuba). Especialmente si es allá donde ellos quieren ir".

Algunos buenos libros sobre el tema

En la actualidad puede leerse mucho acerca de las traiciones y las conspiraciones en torno a este desdichado episodio de nuestra historia. Los que creen fervientemente que hubo una conspiración estadounidense para que la invasión fracasara y que la invasión fue traicionada para asegurar la permanencia de la revolución cubana, lo creen por cuestión de fe. Es decir, no aceptan evidencias que prueben lo contrario, aunque estas pueda ser —como lo son— abrumadoras.

Sin embargo, como mi obligación es con la historia y, como historiador profesional, con la búsqueda de la verdad, recomiendo a quienes prefieran conocer la verdad que busquen la documentación referente a los planes de Trinidad y Zapata, que se encuentra disponible para quien quiera examinarla. No hay nada secreto y los detalles de esos planes están disponibles desde hace años en los archivos del Departamento de Estado (Foreign Relations of the United States [FRUS], Volume X, Cuba, 1961-1962, documents 30 & 31, and 46 through 61).

La opinión de Dean Acheson y los problemas que Kennedy enfrentaría por sus declaraciones y promesas sobre Cuba durante la campaña pueden encontrarse en la Historia Oral de la administración Kennedy, en la Biblioteca Kennedy en Boston, aunque quien me la mencionara a mí fue mi buen amigo el historiador y exagente de la CIA, Brian Latell.

En relación con el episodio contado por José Manuel Hernández se lo debo a una comunicación privada, está en el capítulo que publiqué en el volumen 50 Años de Revolución en Cuba: El Legado de los Castro, y puede encontrarse también en un artículo publicado por él en 1971 en la revista The World and I.

Todos los demás datos que he citado los he recopilado en mis investigaciones sobre la invasión desde 1970.

A quienes quieran leer las mejores obras en inglés sobre el tema (en español lamentablemente no hay ninguno, aunque todavía vale la pena leer Girón, La Verdadera Historia, de Enrique Ros, a pesar de que su información es muy antigua) recomiendo The Bay of Pigs, de Haynes Johnson (1964), sobre todo por sus descripciones de la acciones militares.

La memoria de Howard Hunt, Give Us This Day (1973), es valiosa y en ella se encuentra el dato de cómo se canceló el bombardeo del segundo día gracias a la intervención fortuita de Cabell. 

Más recientemente, son excelentes The Bay of Pigs, de Howard Jones (2008), sobre todo en lo referente a los planes de asesinar a Castro por la CIA, y The Brilliant Disaster (el mejor libro en mi opinión, y el único que menciona los planes de una intervención militar estadounidense) de Jim Rasenberger (2012).

El libro más crítico de Kennedy (lo acusa de traicionar la operación) es Decision for Disaster, del coronel Grayston Lynch (1998), quien participó en la invasión y fue el primero en desembarcar en Playa Larga como hombre rana. Este libro solo cubre los sucesos en que el autor participó y que conoció, pero contiene información que no se encuentra en ningún otro. Relata, por ejemplo, cómo los hermanos Kennedy trataron de revocar las pensiones a los cuatro pilotos americanos que murieron en la invasión, en su afán de ocultar una participación estadounidense que, en definitiva, fue voluntaria. El presidente tuvo que ser amenazado por un influyente abogado de Texas con revelar los detalles a The New York Times si las pensiones no se restauraban, lo cual Kennedy hizo de inmediato.

También cuenta cómo Robert Kennedy los recibió a él y a su compañero Robertson, lleno de furia porque (no hay otra manera de verlo) simplemente habían sobrevivido para contar lo que sucedió. Lynch describe emotivamente los minutos finales en la playa, cuando Pepe San Román se despidió de él y destruyó el radio. Los marinos estadounidenses que escuchaban a Lynch en el destroyer donde este se encontraba, lloraban de rabia y de vergüenza porque su presidente les había prohibido ayudar —y así quizás salvar— a la gloriosa Brigada 2506.