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miércoles, 5 de junio de 2013

Italia en el “negocio” del avión de combate F-35


por Manlio Dinucci, Tommaso di Francesco


En 1994, el Pentágono inicia el programa destinado a la concepción de un avión de combate polivalente, el actual proyecto JSF. El aparato debía fabricarse rápidamente, en grandes cantidades y a bajo costo. Veinte años más tarde el JSF no ha rebasado la categoría de proyecto, los pedidos se han reducido y este aparato se ha convertido en el avión más caro de la Historia. A fin de cuentas, el único logro de ese proyecto ha sido el cierre de la industria de la defensa aérea a los demás países miembros de la OTAN, dejando ese sector bajo el monopolio de Estados Unidos. Italia estudia ahora la posibilidad de retirarse de ese absurdo programa.

El F-35 incluye tres proyectos que son variantes del mismo avión de combate: el F-35A, de despegue y aterrizaje convencional; el F-35B, de despegue corto y aterrizaje vertical; y el F-35C, de despegue adaptable.

El 30 de mayo de 2002, hace ya 11 años, ya exponíamos en qué situación se estaba metiendo Italia al incorporarse al programa del Joint Strike Fighter (JSF), el avión de combate construido por la firma [estadounidense] Lockheed Martin (posteriormente rebautizado como F-35 Lightning porque «como el relámpago, golpea al enemigo con una fuerza destructiva inesperada»). El día anterior se había anunciado la entrada de una de las principales industrias aeroespaciales italianas al programa JSF y se habían cantado grandes loas sobre las ventajas que ello implicaría en términos de empleo y ganancias.

Ya entonces era evidente que, en un sector de alta tecnología como la industria aeroespacial, el aumento de la cantidad de puestos de trabajo tenía que ser muy limitado y que el dinero que reportaran los contratos iría a las arcas de las empresas privadas, mientras que el dinero destinado a la compra del avión de combate saldría de los fondos públicos. O sea, ya en aquel momento era totalmente previsible que el nuevo avión de combate iba a costar mucho más que lo previsto y que habría que agregar a ese costo el de un centenar de Eurofighter Typhoon que Italia ya se había comprometido a comprar.

Pero la decisión política ya estaba tomada. El gobierno de centroizquierda de D’Alema ya había firmado, el 23 de diciembre de 1998, el primer memorándum del acuerdo de participación de Italia en el programa JSF. En un estilo perfectamente bipartidista, el honor del segundo lugar le tocó al gobierno de centroderecha de Berlusconi: fue el almirante Di Paola quien firmó, el 24 de junio de 2002 y en su condición de director nacional del armamento, el acuerdo que comprometía Italia a participar en el programa como socio de segunda categoría. En 2007, el gobierno de centroizquierda de Prodi perfeccionó el acuerdo. Y en 2009 un nuevo gobierno de Berlusconi decidió la compra de 131 ejemplares del avión de combate. Sin embargo, hay que decir –en honor a la verdad– que la decisión ya había sido tomada anteriormente por el gobierno de Prodi.

En 2012, para demostrar que ante la crisis todo el mundo tiene que apretarse el cinturón, el gobierno de Monti decidió «recalibrar» la compra de los F-35, reduciéndola de 131 a 90 unidades. La misma coalición bipartidista, que ya había aprobado la adquisición del avión de combate sin saber ni siquiera cuánto iba a costar, se felicitó del ahorro que aquello significaba, a pesar de que el ahorro tampoco era cuantificable ya que el costo real del aparato está por las nubes.

En el presupuesto 2013 del Pentágono se prevé un precio de 137 millones de dólares por cada ejemplar de este avión. Pero ese es el precio del avión «desnudo», o sea ¡sin motor ni equipamiento electrónico! Como el propio Pentágono reconoce, en 11 años el costo del programa F-35 aumentó como promedio en 40 millones de dólares diarios. Y los aumentos se deben sobre todo a continuos problemas técnicos: se ha descubierto, por ejemplo, que el «relámpago» de Lockheed Martin es vulnerable a los rayos y la solución de ese inconveniente exigirá un importante gasto adicional.

Italia quiere comprar, además de los 60 F-35 de despegue convencional, otros 30 de despegue corto y aterrizaje vertical, que son más costosos. Pero también hay que tener en cuenta que mantener operativos 90 F-35 costará 1 500 millones de dólares al año. Y habrá que desembolsar varios miles de millones más para la necesaria modernización de esos aparatos y para equiparlos con armas cada vez más sofisticadas. Sin hablar de lo que costaría, en términos económicos, la utilización de los F-35 en una acción de guerra como la que se desató en 2011 contra Libia. O sea, mantenerse en ese programa significa firmar un cheque en blanco.

Pero no se trata de un cheque en términos únicamente financieros. Las más de 20 firmas industriales [italianas] implicadas –Alenia Aeronautica, Galileo Avionica, Datamat y Otomelara de Finmeccanica, y tantas otras, como Piaggio– se convierten así en departamentos de la «gran fábrica» del F-35… que está en Estados Unidos y que incluye 1 400 proveedores en 46 Estados. Y todo eso, bajo la dirección de Lockheed Martin, que sólo concede a cada industria el know how de las partes del avión que ella produce. Por ejemplo: a Alenia Aermacchi [sólo le concede elknow how necesario] para producir las alas en las fábricas de Foggia (en la región de Apulia), de Nola (en Nápoles) y de Cameri (en Novara). El know how total, sobre todo en lo tocante al programa informático que utiliza este avión de combate, se mantiene bajo control exclusivo de Lockheed. Así que las industrias italianas no harán otra cosa que ayudar a fortalecer el predominio de la industria aeroespacial de Estados Unidos.

Los pilotos y técnicos del F-35 se formarán en Estados Unidos y dependerán por lo tanto de la US Air Force más que de la aeronáutica italiana. Además, los F-35 «italianos» estarán incorporados al sistema C4 (Comando, Control, Comunicación, Computadoras) Estados Unidos/OTAN, con lo cual quedarán de hecho integrados a la cadena de mando del Pentágono. Y será este último quien decidirá su utilización en una guerra y les asignará las misiones que tendrán que cumplir. Es importante recordar aquí que las 70 o 90 bombas nucleares estadounidenses, almacenadas en Aviano y Ghedi-Torre, serán transformadas en nuevas bombas nucleares con sistema de precisión, adaptadas especialmente para los nuevos aviones de combate F-35.

Con su participación en el programa F-35, Italia acentúa su relación de dependencia con la potencia estadounidense, con sus intereses y sus políticas de guerra. Sacar a Italia del programa representaría no sólo un ahorro de miles de millones, que pudieran invertirse en sectores civiles creadores de verdadero empleo y de condiciones de vida más favorables, sino que sería una forma de demostrar, no sólo con palabras sino con hechos, que nuestra Constitución sigue vigente.