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domingo, 25 de diciembre de 2011

¿Quién ganó la guerra en Libia?


La reconstrucción de un Estado de derecho tras la caída de Gadafi tropieza con la militarización de la sociedad, con el avance de las identidades clánicas y religiosas, y también con la intervención de actores extranjeros.



El pasado 5 de noviembre, en vísperas de la fiesta de Eid al-Adha (o Eid el-Kabir), la principal preocupación de los habitantes de Trípoli era conseguir un cordero para sacrificar conforme a la tradición musulmana. A 25 dinares libios el kilo (alrededor de 15 euros) –es decir, el doble de su precio antes de la guerra–, muchas familias tuvieron que comprar cordero importado de Turquía, menos caro pero también de menor calidad. Si bien durante el día la vida parece normal, las noches son claramente más agitadas a causa de los reiterados incidentes entre grupos armados.

En estos últimos días, se desataron enfrentamientos entre habitantes armados de algunos barrios y los thuwar (1) de la ciudad de Zintan, cuyo batallón cumplió un papel decisivo en la “liberación” de la capital junto a los batallones de Misrata, Trípoli y otras ciudades del oeste libio (Yefren, Jadu, Rujban). Con unos 1200 hombres armados en Trípoli, las milicias de Zintan constituyen –desde la partida de la mayoría del batallón de Misrata hacia los frentes de Bani Walid (2) y Sirte, y el retorno de los otros batallones a sus ciudades de origen– la fuerza militar organizada más importante de la capital. En agosto pasado, los rebeldes de Zintan conquistaron, tras un combate de tres días, la zona cercana al aeropuerto internacional de Trípoli, donde estaba la residencia más grande de Muamar Gadafi y su batallón de seguridad. Por ello el Consejo Nacional de Transición (CNT) les confió la seguridad de un área de 25 kilómetros alrededor del aeropuerto.
Su jefe, Mukhtar al-Akhdar, un personaje mítico y carismático de la rebelión del jebel Nefusa, estuvo en todos los combates desde fines de marzo. Antes de la guerra dirigía una pequeña empresa de alquiler de vehículos con chofer que trabajaba para las empresas petroleras y no tenía más experiencia guerrera que la de su servicio militar. En los años 80, como muchos otros jóvenes libios de su generación, sirvió en las fuerzas enviadas al norte de Chad. Al-Akhdar se toma a pecho su misión y se enorgullece al explicar que el presidente del CNT, Mustafá Abdeljalil –quien acaba de instalarse en Trípoli en los locales de la ex Universidad del Llamado Islámico, situada en una zona bajo su responsabilidad– le confió personalmente la seguridad exterior del sitio.

El lunes 7 de noviembre es para él un gran día, debido a la inauguración de la primera conexión aérea comercial estrenada por la compañía Turkish Airlines con un vuelo proveniente de Estambul. Sin embargo, no dejan de preocuparle los incidentes de la noche anterior, desencadenados por una disputa entre los thuwar de Zintan y algunos jóvenes del barrio Hay Al-Andalus. La reyerta escaló, con refuerzos de ambos bandos, que incluyeron camionetas y armas pesadas, hasta que finalmente se hizo necesaria la intervención personal de Al-Akhdar ante los responsables de los consejos militares barriales (3) para evitar un enfrentamiento mayor.

Los incidentes de este tipo –que en ciertos casos implicaron a los milicianos de Abdel Hakim Belhaj, gobernador autoproclamado de Trípoli y ex yihadista, y llegaron a causar víctimas– se multiplicaron durante las últimas semanas. Los thuwar de Zintan encarnan actualmente el descontento de muchos tripolitanos, quienes los consideran ladrones e indisciplinados y opinan que deberían abandonar la ciudad. Al–Akhdar admite ciertos actos aislados: “Mis thuwar no son santos. Algunos incidentes se deben también al consumo de alcohol proveniente del contrabando, en aumento en la capital”. Afirma que los comandantes de sus compañías recibieron la directiva de poner sanciones que podían llegar incluso a la exclusión de los que cometieron disturbios, en caso de ser necesario.

Sin piedad para los vencidos

Horas después, en el vasto parque que rodea a las residencias –bombardeadas por la OTAN– y los campamentos de Gadafi, el jefe rebelde asiste a una fiesta de la Organización para la Concordia Nacional, creada a fines de agosto por personajes ilustres de la ciudad (4). Mujeres y niños oriundos de Tawurgha, Machachiya y Gawalich, que debieron huir de sus ciudades y pueblos leales a Gadafi al caer el régimen, son invitados a distenderse. En torno a los platos festivos tradicionales los puntos de vista de los miembros de la organización caritativa, procedentes de distintas ciudades costeras o de los thuwar, son divergentes. Los primeros afirman que es tiempo de que los thuwar dejen Trípoli y se incorporen al ejército nacional. Los thuwar, en cambio, consideran que ellos son indispensables para “dar seguridad” a la ciudad y afirman que Abdel Hakim Belhaj es el responsable de la propaganda en su contra.

Ellos se consideran los vencedores de la guerra y no entienden por qué deberían ponerse bajo el mando de generales del ejército nacional, ex partidarios de Gadafi u opositores del exterior. Según Al-Akhdar, todo deberá negociarse: grados, salarios, pago de los ocho meses de servicio, empleos o becas de estudio para los que no quieren entrar en el ejército. Al-Akhdar piensa defender los intereses de sus hombres y de su tribu en la carrera que se juega actualmente en el país por el poder, la influencia y el acceso a los recursos (en especial al petróleo).

Tampoco es cuestión de abandonar Trípoli y dejar la cancha libre a Belhaj (cuyas tropas no superarían los trescientos hombres). Este último punto es común entre todos los comensales, que ven en Belhaj a un yihadista que aspira al poder político, sin ningún apoyo local. Le dicen “el hombre del sello”, porque aparentemente llegó a Trípoli sin participar en los combates, con un equipo de Al Jazeera y con su sello de gobernador militar de Trípoli. Nadie quiere saber nada de su visión sectaria del islam, considerada ajena a las tradiciones locales, ni de su protector, el emir de Qatar, acusado de injerencia en los asuntos del país. Contrariamente, el presidente del CNT, concita una aprobación unánime por su rectitud de hombre de ley, su capacidad de escucha y su voluntad declarada de defender la identidad tradicional y musulmana.

Pero la concordia nacional no acude a la cita. Pocos se preocupan por la suerte de los habitantes de los pueblos y ciudades víctimas de represalias por su apoyo al régimen destronado. En las rutas, en las ciudades, la cacería de automóviles matriculados en Sirte o Bani Walid es sistemática; controlan y revisan a sus pasajeros y a veces les quitan sus posesiones. Un miembro de la tribu warfalla de Bani Walid, tuvo que refugiarse en la casa de unos conocidos en un barrio del sudeste de Trípoli mayoritariamente habitado por esta tribu. En las paredes del barrio cada noche aparecen en los muros inscripciones en homenaje a Gadafi. En relación al saqueo de su casa por unos thuwar de Misrata en el mes de octubre él afirma: “Nunca olvidaremos. Aguardamos nuestro momento para tomarnos la revancha”. Si no se tienen en cuenta los sufrimientos de los vencidos, ni se toman medidas para protegerlos, es difícil creer en una próxima instalación de la “reconciliación nacional”, a la que aluden a diario los jefes políticos del CNT, que no tiene ningún poder real sobre los batallones de thuwar.

Intereses divergentes entre los clanes



Nos dirigimos hacia el sudoeste, rumbo a Zintan. La primera ciudad que cruzamos, Al-Aziziya, es el feudo de la gran tribu de los warchafana, quienes respaldaron más o menos activamente al régimen de Gadafi hasta mediados de agosto, motivo por el cual son considerados insurrectos de la última hora (5). Al llegar al jebel de Nefusa, la ruta pasa no muy lejos de los dos pueblos de Riyayna, emblemáticos de las líneas de fractura que cavó la guerra civil: Riyayna Al-Charqiyya (Riyayna este), que se unió enseguida a la insurrección y Al-Riyayna al-Gharbiyya (Riyayna oeste), que respaldó a Gadafi hasta el final. Este último es un pueblo fantasma –casas calcinadas, puertas derribadas, tiendas saqueadas–, mientras que su vecino reanudó la actividad normal. Las consignas que glorifican a Zintan están por todos lados y fueron pintadas rápidamente, muchas veces sin llegar a cubrir totalmente a las que ensalzan a las tribus hoy vencidas.

Finalmente aparece la ciudad de Zintan, que domina la región. Allí sesiona el consejo militar de la región oeste, que cumplió un papel fundamental de coordinación de las operaciones en el jebel Nefusa y preparó la ofensiva sobre la capital. Para una población de unos 35.000 habitantes, la ciudad cuenta con más de 3000 thuwar, lo que la convierte en la más militarizada de Libia. Según Al-Akhdar, habría alrededor de 1800 thuwar de Zintan desplegados en los siete sitios petroleros más importantes de la región, así como en Ubari, donde actualmente se negocia el desarme de los tuareg.

“No podemos competir con Misrata, que para una población de 300.000 habitantes cuenta con más de 12.000 thuwar, pero tenemos preocupaciones distintas. Por eso no quisimos acompañar a sus hombres al sitio y la ofensiva contra Bani Walid. Nosotros queremos seguir en buena relación con los warfalla, con quienes nos une una larga tradición de alianzas y buena vecindad. Los habitantes de Misrata querían más que nada vengar a su ciudad sitiada por los warfalla, con quienes tienen una vieja rivalidad. En cuanto a la protección de los pozos de petróleo, nosotros éramos los más indicados para garantizarla, ya que somos de tradición beduina y conocemos bien las regiones desérticas hasta Ubari. Los otros habitantes de Tripolitania no conocen esas zonas ni se aventuran en ellas.”

Al oír esos discursos, resulta difícil no pensar en la tradicional diferenciación realizada por el historiador Ibn Khaldun (1332-1406) entre los valores de los beduinos (badu) y los de los habitantes urbanos (hadar). Los pobladores de Zintan consideran a los de Trípoli sometidos, hipócritas y arribistas (6) y se definen a sí mismos como libres, valientes y francos. Los de Trípoli, por su parte, respetan la valentía y el espíritu de cuerpo de los beduinos, pero consideran que sus valores y costumbres no se adaptan a la vida de la ciudad en tiempos de paz.

O sea que la militarización de las mentalidades y el repliegue sobre las identidades primarias son causa de la multiplicación de los enfrentamientos armados, al menos tanto como la omnipresencia de las armas (7). Las autoridades locales obviamente se niegan a calificar esos enfrentamientos clánicos como tales, prefiriendo hablar de incidentes aislados, que atribuyen a una misteriosa “quinta columna” o a “células gadafistas dormidas” que apuntan a propagar la división (fitna) en el seno del “pueblo libio”.

Poblaciones desprotegidas



En la capital, Belhaj sabe que tiene el apoyo de Qatar y el respaldo mediático de Al Jazeera, así como el de hombres ideológicamente formados y disciplinados. Podría verse tentado a presentarse como alternativa a los “indisciplinados” beduinos, corriendo así el riesgo de desencadenar una reacción de estos últimos y un recrudecimiento de la violencia. Asimismo, el deseo de venganza de las tribus y las regiones vencidas y humilladas por los rebeldes por haber apoyado al régimen de Gadafi puede llegar a traducirse finalmente en acciones cada vez más feroces.

Es decir que, tras ocho meses de un conflicto que los dirigentes occidentales siguen negándose a calificar de guerra civil, la protección de las poblaciones, motivo declarado para justificar la entrada en guerra de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sigue lejos de estar garantizada. El triunfalismo de los jefes de la coalición, que festejan “su victoria” en la noche de la aniquilación de Sirte y la muerte de Gadafi, es revelador de su profundo desinterés por ese “pueblo libio” que incesantemente afirman querer proteger con sus bombas. Sin embargo el deterioro de la situación interna y la multiplicación de los enfrentamientos armados en Tripolitania pueden llegar a recordarles rápidamente que una victoria militar en una guerra civil no significa nada en sí ni constituye en ningún caso una garantía de “protección de las poblaciones civiles”.



1. Thuwar es el plural de thaïr, que significa “revolucionario”. El término designa a los integrantes de los batallones (katiba) que combatieron el régimen de Muamar Gadafi.

2. Bani Walid es el feudo de la tribu warfalla, la mayor tribu de Tripolitania, que mayoritariamente apoyó a Gadafi.

3. Hoy existen oficialmente 53 consejos militares barriales en Trípoli.

4. Esta asociación cuenta ya con más de 5000 adherentes.

5. Del 10 al 12 de noviembre, hubo enfrentamientos con armas pesadas entre integrantes de la tribu warchafan y milicianos de la ciudad costera de Zawiya, que causaron al menos 17 muertos y varias decenas de heridos.

6. La palabra árabe utilizada se traduciría literalmente como “el que trepa” (mutasalliq).

7. Cada una de las ciudades importantes de la revolución cuentan ya con su diario y su emisora de televisión (14 canales en todo el país). Al igual que las grandes tribus, cada una tiene también su página de Facebook.

* Ex diplomático francés en Trípoli (2001-2004), autor del libro Au cœur de la Libye de Kadhafi, Jean-Claude Lattès, París, 2011.
Traducción: Patricia Minarrieta


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