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sábado, 21 de agosto de 2010

La retirada militar estadounidense en Irak ¿El inicio del fin?


Ya es oficial. La retirada de las tropas estadounidenses en Irak tiene su fecha límite. A partir del 31 de agosto finalizan las operaciones de combate, donde se pretenden dejar a cerca de 50.000 soldados para iniciar las labores de entrenamiento e instrucción del ejército iraquí. Ese proceso debe completarse, para que así a finales del 2011, pueda retirarse la totalidad de las tropas estadounidenses del país árabe. Con esto, Obama cumple una de sus principales promesas de campaña, pero al mismo tiempo, la retirada de las tropas estadounidenses despierta algunas interrogantes que repercutirán en el proceso de pacificación del país, ya que el dilema de la seguridad en Irak no es un tema solamente militar, también lo es social, religioso, étnico y político. Acá abordaremos algunas implicancias que podría traer un eventual retiro de las tropas estadounidenses sin velar compromisos en conjunto con la comunidad internacional y las provisorias autoridades iraquíes.

Como mencionamos anteriormente, a fines de este mes se deberían finalizar las operaciones de combate por parte del personal militar estadounidense. Sin embargo, los patrullajes y las operaciones de combate en Bagdad, se habían disminuído gradualmente -casi hasta un punto "cero"- ya para agosto del 2009. En esa fecha, Irak vivió uno de los atentados más terribles desde la guerra, donde murieron más de 95 personas y fueron heridas más de quinientas. Por lo tanto, las labores de patrullaje y las operaciones de combate, ya habían sido atenuadas bastante antes desde la fecha anunciada por el mandatario estadounidense. El año pasado, el repliegue y posterior abandono de las operaciones de combate, se explicaban básicamente porque Estados Unidos no podía seguir enfrentando por sí solo una guerra donde incluso los británicos -sus aliados más cercanos- se habían retirado en el mes de junio desde el puerto de Basora. Pese a estos elementos, actualmente el anuncio del retiro no deja de ser importante, porque Obama y su círculo más cercano bien sabía que en el frente interno la opinión pública comenzaba a repudiar de forma creciente la guerra en Irak.

Ahora bien,
como ya lo habíamos explicado en una columna anterior, Irak es un país fuertemente dividido en aspectos étnicos, políticos y religiosos. Sólo para recordar brevemente, Irak -desde Norte a Sur- se encuentra habitado por las etnias kurdas, sunnitas y chiitas, donde esta última constituye la mayoría del país. Sin embargo, el poder político durante siglos ha sido históricamente ejercido por los sunnitas -que pese a ser la minoría étnica de Irak- constituye la gran mayoría en el mundo árabe. Dejemos claro que el último gobierno sunnita fue precisamente el de Saddam Hussein, que según varios medios de prensa se caracterizó por ser fuertemente represivo con las etnias chiitas y kurdas.

Después de la invasión estadounidense en marzo del 2003 -lo que conllevó a que Hussein fuera derrocado y ejecutado- fue investido en Irak un gobierno chiita con Nuri Al-Maliki ocupando el cargo de Primer Ministro. Esto despierta una oportunidad histórica para la etnia chiita de ocupar el poder en Irak, ya que como explicábamos los sunnitas han sido los ejecutores del poder político.

En base a esto último, si revisamos las declaraciones vertidas recientemente por el Consejo de Seguridad de la ONU, el día de ayer (04 de agosto) se hacía un llamado a una pronta formación de un nuevo gobierno iraquí que respondiera a las necesidades actuales del país. Ante esto, el Primer Ministro Nuri Al-Maliki así como el ex Primer Ministro, Ayad Allawi -este último, líder del partido Al Araqiya- reclaman el derecho a formar un gobierno conforme a los resultados de las últimas elecciones, donde los partidos con una fuerte presencia chiita son el componente principal. Evidentemente la propuesta es legítima, sin embargo, se descuida el hecho que en un país que aún atraviesa un proceso de pacificación, sería un error cabal mantener un gobierno en base al aspecto étnico predominante. Como nos muestran las experiencias históricas, para el puntual caso de Irak -debido a sus múltiples aristas- la solución debería apuntar a la formación de un gobierno de reconciliación nacional donde por el momento, se encuentren representadas las tres etnias del país; algo similar a la Presidencia tripartita que se vio en su momento para solucionar el conflicto en Bosnia.

Al-Maliki, así como el ex Primer Ministro, mal podrían llegar a pensar que representar al gobierno en base a las últimas elecciones será la solución más sostenible en el tiempo. Tomar esa decisión sólo exacerbará los conflictos étnicos en el país que podrían incluso, desencadenar en una desintegración territorial.

Como podemos ver, el conflicto en Irak está lejos de terminar con la mera retirada de las tropas estadounidenses. Si bien marcará un precedente en el proceso de pacificación del país, Irak no podrá encontrar una solución sostenible si es que no encuentra coordinación con organismos internacionales que velen por una adecuada representación política y multiétnica del país. En ese sentido, propuestas como la del actual Primer Ministro iraquí, apuntan a una mala salida, que de concretarse, encontrarán un negativo proceso de insospechadas consecuencias étnicas, políticas y sociales en el país árabe.

La clave está en que por ahora -independiente de la retirada de las tropas estadounidenses- exista un proceso de diálogo que abogue por una solución pacífica y sostenible en el tiempo que apunte -en primera instancia- por una representación tripartita mientras se sigue avanzando en negociaciones que conduzcan a Irak en un proceso de paz. Tomar una decisión apresurada -ignorando las bases de la naturaleza del conflicto- sólo llevarán a Irak al camino de la desintegración étnica, política y territorial.

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